"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca", Jorge Luis Borges


24 de mayo de 2013

Un día de primavera, de Enrique Meitín


UN DÍA DE PRIMAVERA

                                                  Enrique A. Meitín

Era de madrugada y Cuba estaba sóla… un día de primavera muy significativo…cumplía ya sus nueve meses de embarazo, dentro de poco daría a luz a su segundo hijo…pero estaba sóla… solo acompañada de su hijo varón, apenas adolescente. Sentía unos dolores muy fuertes… deseaba ir al baño, pero sabía que eso era normal… tenía que llamar a alguien. Su opción era entonces Librada, a pesar de que no había estado junto a su comadre en su parto dos años antes, pero sabía positivamente que ella no le guardaba rencor alguno y que en ese momento podía contar con su amiga.
Tomó el teléfono... vaciló un instante y terminó por discar el número de Librada. En realidad se debatía en la contradicción de llamarla o no, pues hacía ya tiempo que estaban distanciadas, debido a la posición de esta en favor del proceso y de ella como una “gusana” declarada. Pero ambas creían en la amistad, y estaba segura que no le fallaría.

Para las dos el concepto de amistad estaba más que claro, al menos cuando rompieron por algunos meses, se dieron cuenta lejos una de la otra, que amiga era aquella persona a la que podía recurrirse siempre que tuviese un problema y a la que podía contársele cualquier cosa por privada que esta fuese, y que al mismo tiempo sabría perdonar cualquier fallo cometido por la otra. Por lo cual, inmediatamente después de oírla, le dijo:
 ---Estoy en veinte minutos en tu casa para llevarte a Materno-Infantil ¿Tienes dilatación?…
---¡No! Respondió Cuba, pero ven cuanto antes…
Colgó el teléfono y salió al balcón del apartamento para tomar un poco de aire y apreciar desde allí un nuevo amanecer. Que lejos estaba de lo que pronto ocurriría… no el nacimiento de su segunda hija… sino algo tan diferente… que tampoco olvidaría en mucho tiempo…
El dolor era intenso a intervalos, Cuba sabía que ese día de primavera iba a traer al mundo un nuevo hijo… más bien una niña… que le faltaba poco para el parto. Ella que no le tenía miedo a nada, estaba asustaba. El hecho de parir la hacía temblar de pies a cabeza… y si bien su alumbramiento anterior había sido de forma natural, tenía miedo a una cesárea de última hora. Además solo estaba con ella su sorprendido hijo de apenas diez años de edad… por lo que se sentía más nerviosa de lo habitual. Según el doctor el parto se esperaba para el día veinte de ese mes de abril y estaban a quince… y de 1961.
Los resplandores en el cielo, más bien el trazado luminoso de las balas antiaéreas que surcaban el cielo en busca de aviones atacantes de las fuerzas opositoras cubanas, que contando con el apoyo de Estados Unidos se lanzaban sobre los campos de aterrizaje en La Habana, con la intención de destruir la fuerza aérea cubana, como preludio de una invasión armada a la Isla, le hicieron abandonar sus pensamientos y volver a la cruda realidad que vivían las dos Cuba, en aquellos momentos.
La primera de ella, su Patria “amenazada” militarmente por el Gran Vecino del Norte, según la propaganda de la época y participe de graves tensiones entre el gobierno de Castro y el de Washington que arrastraba a toda la población cubana, estuviese a favor o en contra del “proceso”… por otro lado estaba ella… que sentía disminuir el tiempo entre una contracción y otra, a la par que aumentaba su dolor… además su amiga no llegaba… no aparecía.
Mientras ambas Cubas vertían sus líquidos más internos, la primera de ella, la nuestra, la de todos los cubanos veía correr la sangre de sus hijos divididos en dos bandos en pugna, mientras Cuba, la mujer a punto de convertirse en madre por segunda vez, sentía correr por sus piernas el líquido amniótico de su fuente recién rota, en espera de su amiga.
Solo varios minutos separaron la llegada de Librada a su apartamento y sin poder detenerse a hablar siquiera cuando al fin llegó, ya que no se veían desde hacía más un año, la tomó de la mano, y acompañada por el hijo de Cuba, casi la arrastró hacia el auto, ante la sorpresa de sus vecinos, arrancando raudos en dirección al Hospital de Maternidad.
Una vez llegados al centro hospitalario, tuvieron que esperar algún tiempo ya que todos los hospitales se encontraban en estado de alerta, por lo que ocurría en el plano nacional... había pocos médicos y enfermeras en aquel sitio de guardia, debido a los bombardeos de esa mañana. Se enteraron allí de lo acontecido y sus pensamientos viajaron hacia sus seres más queridos, lejos de ellos. El marido de su amiga, como miliciano, movilizado fuera de La Habana, defendiendo al castrismo y a su Revolución, y el de ella, preso por conspirar contra el mismo proceso que Librada defendía.
En realidad, el triunfo de la Revolución, el embarazo de ambas mujeres y los problemas de toda familia dividida, como tantas muchas, por el llamado “proceso revolucionario” que venía teniendo lugar, había hecho el resto… la distancia entre ellas se había profundizado… y la añoranza de todos, una por el otro, y todos por los demás, habían prolongado dicha situación.
---El parto se demorará tal vez unas horas. Informó la enfermera al entrar en el salón de espera… todavía no tiene la dilatación necesaria. Ya se le pudo un “pitusín” para provocar el parto, ya que queremos que sea natural… no está en riesgo... solo hay que esperar… ¿Dónde está el esposo? Preguntó la misma enfermera.
---Él está preso. Respondió inocentemente el niño Antonio, asumiendo el papel del hombre de la casa, lo que causó sorpresa en la enfermera… sobre todo en ese momento. Yo soy su hijo y esta es su “hermana”…señalando para Librada. Si tiene algo más que decirnos, estamos preparados. Concluyó diciendo, erguido en sus maduros diez años.
---¡No! No hay nada de qué preocuparse. Dijo la joven enfermera, esta vez afablemente… no te preocupes que te tendré al corriente. Apuntó mientras se retiraba por la puerta oscilante que separaba el salón de espera del resto del Hospital. Una vez que salió la enfermera. Librada se dirigió al pequeño.
---Eres todo un hombre… y como tal debes quedarte aquí hasta saber noticias, yo debo regresar a casa a darle una vuelta a la niña, que dejé con mi vecina y avisar a tu abuelo Sandro. Toma esto ---mientras le depositaba en la mano del joven un “real” (moneda de diez centavos cubana---, para la llamada por teléfono. Llámame a la casa tan pronto sepas algo más. Yo regresare en una o dos horas si no me has llamado antes... no sin antes aprovechar para pasarle la mano por la cabeza amorosamente a Antonio...
Pasado el mediodía, de forma natural, Cuba daba a luz una preciosa niña de alrededor de siete libras, a la que al calor de la amenaza que se gestaba en espera de la invasión que tendría lugar el día 17 de Abril de 1961, pondría por nombre Victoria. Era un “Día de Primavera”, que resultaría, inolvidable para todos.

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"Criticar no es morder; es señalar con noble intento el lunar que desvanece la obra de la vida", José Martí.